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Supervisión y poder.



Publicado por: Alfonso Torres Hernández en

febrero 14, 2019 99 Visitas



 

Estudios que en nuestro país se han realizado sobre supervisión escolar, han puesto en discusión la necesidad de que la función supervisora necesita trascender el rol tradicional que la ha caracterizado, aquel que refleja la figura de autoridad y vigilancia de la labor, y de cómo esto le permite desarrollar estrategias de “supervivencia” en la zona escolar. De igual manera, se mencionan las posibilidades de configurar estrategias que permitan una labor más reflexiva, colegiada y participativa de los supervisores en las decisiones de su contexto particular.

 

poder

 

Desde la perspectiva del campo de la gestión escolar, es posible advertir una serie de tensiones que están presentes en las prácticas de supervisión: entre la fiscalización y el apoyo, la innovación y la tradición, lo normativo y lo real, la autoridad y el liderazgo. En este tipo de tensiones, el supervisor escolar, como un sujeto transformador, y que no está libre de una posición ideológica o política, va configurando su práctica educativa mediante la valorización que hace de su status y rol desempeñado.

 

Lo anterior nos coloca en la necesidad de revisar los procesos de institucionalización, las condiciones de la normatividad en la vida escolar, las condiciones de los supervisores escolares para moverse en la norma desde sus prácticas, la presencia del poder en todas las acciones educativas, las condiciones de la normatividad que mueven a la supervisión escolar, así como la manera en que participan con la presencia del poder, que invariablemente representan e institucionalizan en su espacio propio.

 

Esta institucionalización del poder, que se expresa en una manera particular de administrar la zona escolar y de interpretar la norma y su aplicación, no son otra cosa que la forma de concebir el poder y su modo de ejercerlo. En esta concepción vertical, se imponen medidas, acuerdos, disposiciones, formas de administrar, formas de enseñar, definición de planes y programas, conformación de proyectos educativos, definición de normatividades de estructura y de trámite, llevando los procesos de la educación a una tensión que conduce a una apresurada respuesta que nada tiene que ver con los esfuerzos formativos; porque, o se trabaja para responder a la norma, o se trabaja en resistencia a la misma; en ninguno de los casos se fija como objetivo atender a las necesidades educativas.

 

El discurso de poder sí se refiere a la esencia del problema, pero la aplicación de la norma acaba con toda posibilidad; se pierde en esa concepción vertical de lo que “debe ser”, concibiendo ese deber ser en la punta de la pirámide. En la figura del supervisor tradicionalmente se ha expresado un poder, el poder de ejercer la normatividad, que finalmente representa el interés de la autoridad.

 

Desde la edad antigua hasta la actualidad, el supervisor ha estado ligado a las concepciones de control, vigilancia, inspección, evaluación, etcétera, que se configuran alrededor de un papel que concentra la autoridad y el poder. Desde estas concepciones, se puede decir que el supervisor escolar posee las condiciones necesarias, de jerarquía e institucionales, para lograr los fines que se proponga para sí mismo, es decir, tiene un poder que se expresa en sus acciones propias. Pero también posee un poder que para disponer de la capacidad de acción de otros para lograr determinados fines. Establece entonces una relación de dominación con sus subordinados.

 

Artículo publicado en Milenio (13/02/2019).

https://www.milenio.com/opinion/alfonso-torres-hernandez/apuntes-pedagogicos/supervision-y-poder

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