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USICAMM. ¿Quién es el Magisterio mexicano?



Publicado por: Carlos A. Reyes en

enero 30, 2021 533 Visitas



Por: Carlos A. Reyes | ITESM.

 

 

 

A partir de la Reforma Educativa 2013, derivada de la “estructuralidad política” del sexenio entrante en 2012, el magisterio mexicano afrontó una transformación total y plena en función de su posicionamiento laboral, esto debido a la búsqueda de los mejores perfiles frente al aula, con lo que la docencia como acto laboral, implicó mirarse desde un ángulo no solo pedagógico, sino laboral. Lo anterior provocó la ruptura de un esquema laboral muy arraigado por la carga política de los gobernables en el campo educativo y definido por los «reformistas», como un «mal» educativo; no obstante, cabe recordar que dicho poder, fue dado por colegas de los mismos «reformistas» años atrás.

 

Una «reforma educativa» que se puso en boga, en términos discursivos de su papel y orientación en el SEM, sobre todo por dejar fuera de su elaboración al magisterio, algo curioso y contradictorio, pero tan clásico de la política mexicana. Lo que causó más incertidumbre que certeza, aunque para el año 2018 se convirtió en el principal instrumento político para ganar a un magisterio en la carrera presidencial y, ¡vaya que resultó!; así, la “(de)reformación” constituida como un ejercicio de cumplimiento con el magisterio en el año 2018 (respecto a la controversial Reforma Educativa), con el sexenio entrante en 2018, figuraba una nueva “esperanza” para un magisterio golpeado, desafiado y rebasado por la inmediatez política. Sin embargo, poco tiene a favor el actual sexenio respecto al claroscuro que dicha reforma significó para el magisterio, pues aunque se «invitó» a debatir tal «reformación», un discurso vacío, sin forma ni fondo, sigue siendo la principal característica de la pretendida transformación de un sector tan importante para la educación mexicana como lo es el Normalismo.

 

mano tiza

 

Así, una reforma que se pronunció en términos de la revalorización del magisterio, figuraba con poca credibilidad y estaba lejos de significar una reforma educativa, auténtica, pues gran parte de su estructura y organización parecía ser la misma, manteniendo el esquema de “búsqueda” de perfiles éticos y de calidad. En este sentido, cabe señalar que el acto docente se convirtió en un escenario homogeneizado y polarizado por una normatividad que ponía de manifiesto, que ser docente, derivaba de una lógica administrativa definida por «procesos de concurso». En este sentido, más que expresar una reforma a la educación en términos pedagógicos, se hizo en términos administrativos y laborales del profesor mexicano. Y aunque se le trató de calificar al Normalismo como «prioridad», esto no basta; el Normalismo no debe descansar en argumentos de buenas intenciones, debe constituirse en una lógica totalmente única y propia de cualquier otro sector educativo.

 

Asumir una reforma que le dio continuidad a un mecanismo de selección valorativa en función de «requisición» y cumplimiento de «lo que debería de ser», deja en evidencia una reforma copia, pero consensuada por quienes integran el campo educativo. Pensar que, por modificar el ingreso, la permanencia y el ascenso profesional en la docencia, es la causa para el efecto de la “mejora educativa”, es un error, si se precisa que este mecanismo administrativo, alude más a funciones laborales que pedagógicas. Si esta fuese la solución a los problemas que cada esfera social tiene… entonces, ¡todos a concurso! «Un concurso que nos diga lo idóneos que podemos ser». Esto, traducido en el magisterio, la idoneidad ha permitido constituir un magisterio pluralizado por perfiles profesionales enajenados de pedagogía y didáctica.

 

Ante tal escenario, los resultados de las pruebas de PISA en 2015 y 2018, proyectaron lo evidente; los resultados mostraron lo que se suponía en principio: los mismos resultados. Considerando a PISA como una ilustrativa manera de mirar lo que es la educación mexicana, sin que eso represente en su totalidad o parcialidad, lo real. De modo que, ¿fue la Reforma Educativa 2013, realmente una transformación? ¿Tener a los “mejores” frente al aula, implicó generar algún cambio en la educación mexicana? Continuar con un proceso meritocrático a la docencia, ¿funciona y representa lo mejor para el SEM?

 

En términos simples, no, no fue así; pero entonces… ¿a dónde se llegó? Bien, el año 2020, puso en jaque a muchos sistema educativos globalmente; el caso del SEM, por ejemplo, evidenció aún más el incierto escenario profesional de la docencia, pues no sólo dejó ver el claroscuro de la educación mexicana, un claroscuro definido por la desigualdad, la brecha tecnológica y de red, así como el nulo desarrollo de un trabajo acorde al siglo XXI. Sino también, se reconoció la ausencia de un modelo de desarrollo profesional pedagógico en el SEM, acorde a la realidad compartida globalmente, haciendo situar a cada una de las decisiones políticas que ha constituido la formación del profesor mexicano, como mera inmediatez al contexto de la necesidad mexicana.

 

Muy a pesar de tener presente, evidencias que marcan que el camino de la docencia y de la educación mexicana, no es, ni debe transitar por tal camino, la SEP pronuncia la continuidad de un sistema normativo que le da vida a un mecanismo de desprestigio, de identidad y de homogeneización a la docencia: USICAMM. Por lo que, no se trata de mejorar el mecanismo, sino de eliminar y desarrollar una política que impulse a la Escuela Normal como la institución, por excelencia, en la formación de docentes y, hacer las IES formadoras de perfiles afines, reconfiguren su papel de sus educandos con la sociedad. No es culpa de la docencia, de nuestra educación, del Normalismo, la decadencia que socialmente representan las universidades en relación con su papel en la sociedad; en este sentido, el éxito de la medicina es el éxito de sus médicos, el arte, es arte por sus artesanos y el buen gusto de toda cocina, inicia por el cocinero… por tanto, la docencia de excelencia será de excelencia por sus docentes, docentes con identidad, vocación y formación auténtica en un escenario pedagógico y no administrativo.

 

Plantear la docencia como oferta laboral a un campo de perfiles afines, solo pone de manifiesto la precarización del acto docente, la crisis formativa de docentes y sobre todo, la inexistencia de un proyecto educativo donde los profesores son el pilar más ilustrativo de una sociedad, sumando la carencia de planear, diseñar y ejecutar un modelo pedagógico de formación acorde a las necesidades, emergencias y particularidades que edifican la educación del siglo. En este sentido,  ¿qué hacemos con el magisterio mexicano? ¿Qué se hace con un gremio constituido por una normatividad meramente administrativa? Y más aún, ¿qué hacemos de nuestra educación mexicana con profesores (de)formados y definidos por indicadores y parámetros administrativos? En sentido estricto, la búsqueda no debe ser de perfiles idóneos, sino de un proyecto pedagógico, que se edifique en un contexto arraigado por una cultura sobreviviente en la desigualdad y la injusticia.

 

Aunado a lo anterior, es la Escuela Normal el principio reformador de este gran proyecto, es decir, la Escuela Normal debe ser también una entidad reformada, lo que conlleva a pensar en un nuevo modelo de formación, que implique configurase como esa institución formadora por excelencia de docentes, desarrollando las condiciones de escenarios que respondan paralelamente a la sociedad. Finalmente, la exhortación es pensar lo que se está haciendo en función de definir a los miembros del magisterio; pensar, en ¿quiénes son nuestros docentes? Representaría una forma responsable de asumir los retos y desafíos para el SEM, para ese gran proceso que significa formar a los profesionales de la docencia.

 

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