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Los estudiantes que me enseñaron a ser maestra normalista
Publicado por: Beatriz Palma en
julio 10, 2026 345 Visitas
Por: Beatriz Juana Palma González *
Aún recuerdo la primera vez que entré al salón del grupo de 1º III de la Escuela Normal de Educación Física. Mientras los estudiantes buscaban su lugar y yo intentaba aparentar seguridad, compartíamos algo que entonces ninguno alcanzaba a imaginar: todos estábamos aprendiendo a ser parte de una Escuela Normal. Ellos iniciaban su formación como futuros docentes; yo comenzaba la mía como maestra normalista. Nunca imaginé que quienes llegaban como mis primeros estudiantes terminarían convirtiéndose también en mis primeros maestros.
Hace casi cuatro años llegué a la ENEF como docente. Desde mi incorporación se me asignó este grupo para impartir un curso y brindar tutoría. Adaptarme no fue sencillo. Provenía de una institución privada de educación superior, donde gozaba de amplia autonomía para decidir los contenidos, las fuentes de consulta y la forma de desarrollar mis clases. La lógica de una escuela normal era distinta y requería mucho más que dominar una disciplina: exigía comprender una cultura institucional, una identidad y una manera particular de formar docentes.

Con el paso de las semanas, estudiantes y maestra fuimos aprendiendo juntos. Ellos aprendían a ser normalistas; yo aprendía a ser docente de una Escuela Normal. Ambos transitábamos por un proceso de adaptación en el que confirmé una de las lecciones más valiosas de la docencia: muchas veces el maestro aprende tanto como sus estudiantes.
Con este grupo, encabezado por Casandra y Braulio, descubrí que la teoría solo adquiere sentido cuando dialoga con la práctica. Los contenidos dejaron de permanecer entre las cuatro paredes del aula para trasladarse al patio de educación física, donde podían experimentarse, cuestionarse y resignificarse. Sin proponérnoslo, transformamos el salón tradicional en un espacio de aprendizaje activo, donde el protagonismo dejó de recaer en quien enseñaba para situarse en quienes aprendían.
La tutoría también me permitió descubrir otra dimensión de la formación docente. Más allá del acompañamiento académico, comenzamos a trabajar aquellos aspectos emocionales que fortalecían la identidad institucional y favorecían la permanencia de los estudiantes. Recuerdo especialmente un diciembre en el que el salón dejó de parecer un aula. Entre adornos elaborados por ellos mismos, música, risas e ilusión organizamos un intercambio. Aquella mañana comprendí que la tutoría también consiste en construir comunidad y que, muchas veces, los aprendizajes más profundos nacen de los momentos aparentemente más sencillos.
Hubo otro aprendizaje que marcó profundamente mi formación. Cuando ellos me enseñaban a realizar correctamente un saque de voleibol entendí que la relación pedagógica nunca es unidireccional. Mientras yo compartía conocimientos disciplinares, ellos me acercaban a la cultura profesional de la Educación Física. En ese intercambio comenzó, sin que yo lo advirtiera, mi verdadera formación como docente normalista.
También comprendí que pertenecer a una institución que promueve hábitos de vida saludables implicaba hacer coherente mi práctica con mi propia vida. Viví, además, mi primera observación docente. Recuerdo los nervios, las dudas y la incertidumbre que experimenté al saber que otra profesora permanecería en mi clase observando mi desempeño. Hoy sonrío al recordarlo, porque entonces todavía no entendía que la observación no buscaba juzgarme, sino contribuir a mi crecimiento profesional.
El primer semestre terminó demasiado pronto y tuve que despedirme de aquel grupo. Pensé que nuestro camino había concluido, pero el tiempo me demostraría lo contrario. No fue sino hasta el sexto semestre cuando volví a encontrarlos, ahora como tutora.
En la primera sesión solo asistieron tres estudiantes. Fueron ellos quienes se encargaron de anunciar al resto que «la profa Betty» sería nuevamente su tutora. En la siguiente clase el salón volvió a llenarse y aprovechamos el encuentro para ponernos al día sobre todo lo vivido durante esos dos años y medio.
Me sorprendió descubrir cuánto habían cambiado. Me contaron que únicamente dos compañeros habían dejado la carrera. Casandra seguía ejerciendo un liderazgo cercano, siempre acompañada por Braulio, pero el grupo ya no era el mismo. Habían crecido profesional y personalmente. Hablaban con mayor seguridad, empleaban un lenguaje propio de la profesión, compartían experiencias construidas en las jornadas de práctica y proyectaban una identidad normalista que ya formaba parte de quienes eran. Aquellos jóvenes inseguros de primer semestre se habían convertido en futuros docentes convencidos de la profesión que habían elegido.
Entonces surgió una pregunta que transformó mi manera de mirar la docencia: mientras los estudiantes construyen su perfil de egreso, ¿quién se pregunta por el perfil del docente que los forma?
Esa pregunta me obligó a volver la mirada hacia mí misma. Descubrí que yo también había cambiado. La incertidumbre de mis primeras observaciones había desaparecido; participar en actividades institucionales, asistir a cursos, colaborar en proyectos y asumir nuevas responsabilidades habían fortalecido mi identidad profesional. Comprendí que ser docente normalista rebasa ampliamente las horas frente a grupo. Se construye en cada espacio de formación, en cada conversación con colegas, en cada asesoría y en cada oportunidad de seguir aprendiendo.
Ellos también reconocían ese crecimiento. Compartimos nuevamente experiencias que fortalecieron nuestra relación y renovaron el compromiso mutuo de aprender, mejorar y ofrecer siempre lo mejor de nosotros mismos. Al concluir el sexto semestre tuve que despedirme otra vez, ahora con la certeza de que continuarían su formación cada vez más cerca de convertirse en los docentes que soñaban ser.

Ellos también sembraron en mí una nueva inquietud: prepararme académicamente para comprender con mayor profundidad el campo de la Educación Física y ofrecer una mejor formación a las generaciones que vendrían después.
Hoy, mientras ellos concluyen la licenciatura y se preparan para presentar su examen recepcional, demostrarán que poseen las capacidades y saberes construidos en las aulas, en los patios de la ENEF y en las escuelas donde realizaron sus prácticas profesionales. Al observarlos, inevitablemente vuelvo a cuestionarme: ¿con qué capacidades cuento yo? ¿qué tanto he desarrollado mi propio perfil como docente normalista?
Cada año la ENEF entrega a la sociedad jóvenes que han construido conocimientos, habilidades, valores e identidad profesional. Sin embargo, pocas veces dirigimos la mirada hacia quienes los acompañan en ese proceso. ¿Qué ha aprendido el formador de formadores durante ese mismo periodo? ¿Cómo ha transformado su práctica? ¿De qué manera demuestra que también continúa formándose?
Estoy convencida de que el ejercicio de la docencia, especialmente en una Escuela Normal, no puede sostenerse sobre la idea de que ya sabemos lo suficiente. Formar docentes exige permanecer en formación permanente. Implica cuestionarse, estudiar, aceptar la crítica, aprender de los estudiantes y reconocer, con humildad, que siempre habrá algo nuevo por descubrir.
Hoy, al despedir a la generación 2022-2026, comprendo que ellos no solo aprendieron a ser docentes. También me enseñaron a convertirme en la maestra normalista que siempre aspiré a ser. Porque, al final, la mayor lección que me dejó esta generación fue comprender que formar docentes significa aceptar que uno mismo nunca deja de aprender.
*Docente de la Escuela Normal de Educación Física, Estado de México.
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